La salud mental de niños, niñas y adolescentes en Chile atraviesa uno de sus momentos más críticos desde el retorno a la democracia. Los indicadores de sintomatología ansiosa, depresión infanto-juvenil y conductas autolesivas se han disparado tras los cambios psicosociales de los últimos años, mientras la oferta de atención especializada en la red del Servicio de Salud apenas cubre una fracción ínfima de la demanda real.
El modelo actual está concebido de manera reactiva y excesivamente hospitalocéntrica: esperamos a que un joven llegue a la urgencia psiquiátrica en crisis para intentar ofrecerle una cama que habitualmente no existe. Esto no es solo ineficiente; es una crueldad evitable.
El rol neurálgico de la Atención Primaria y la Escuela
La experiencia acumulada con el programa Chile Crece Contigo demostró que el desarrollo biopsicosocial temprano es la vacuna más efectiva contra la vulnerabilidad posterior. Necesitamos dotar a cada Centro de Salud Familiar (CESFAM) de duplas psicosociales permanentes que trabajen articuladas directamente con las comunidades escolares, detectando a tiempo los primeros signos de sufrimiento emocional.
Apostar por la salud mental de las nuevas generaciones no es un gasto accesorio ni un lujo de países desarrollados: es la condición indispensable para tener una sociedad sana, productiva y cohesionada en las próximas décadas.